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Claude Lévi - StraussViernes 6 de noviembre de 2009 a las 16:19

“Lo primero que muestran los viajes es nuestra basura lanzada a la cara de la humanidad”

Que cien años de vida pasaron por la mirada y entre el pensamiento de este humanista. Las más terribles experiencias en la historia de nosotros, los seres humanos, sucedieron durante los cien años en que Lévi-Strauss se movió sobre este mundo. La Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, el ascenso de las ideologías y los regímenes sanguinarios de extrema derecha en Alemania, Italia, la España franquista.

El baño de sangre que representó la Segunda Guerra Mundial, dejando tras de sí la escalofriante estela de más de 53 millones de muertos. Hiroshima, Nagasaki y el terror nuclear que ha seguido. La guerra fría que fue padecida en nuestra América Latina al precio de regímenes autoritarios y represores, desde la República Dominicana de Trujillo, el vecino Haití con los Duvalier, la caída de regímenes nacionalistas en la Guatemala de Arbenz, o aquel infausto 11 de septiembre de 1973 con el golpe militar de extrema derecha que representó no sólo el sacrificio del Presidente Salvador Allende, sino la entrada al horror de miles de torturados, desaparecidos, ejecutados. Y la vorágine de la globalización neoliberal. El fin del sistema político soviético. El creciente enfrentamiento entre maneras de pensar excluyentes, que dicen ser las “fundamentalistas”.

Que cien años de vida intensa fueron pensados y reflexionados por un humanista, un humilde etnólogo que pasó varias, varias noches acostado en pisos de tierra, picado por mosquitos, sujeto a las míseras condiciones de higiene en las que han vivido, durante milenios, pueblos casi invisibles y que viven en las entrañas de las selvas amazónicas.

Gracias a los trabajos de este etnólogo algo chiflado (¿no es un rasgo extremo de excentricidad el que Lévi-Strauss fuera miembro de una familia francesa burguesa y que le diera la espalda a ese “savoir vivre” para, en cambio, irse a sumergir entre pueblos de gente desnuda?) quien desee aventurarse en sus libros aprenderá que las diferencias entre esas tribus llamadas despectivamente “primitivas” y las personas que forman parte de una adocenada sociedad occidental, son diferencias mínimas: apenas unos grados de temperatura separan a las civilizaciones “calientes” (aquellas que han desarrollado sistemas de acumulación histórica a través de la escritura) de las civilizaciones “frías”, es decir, las que según Lévi-Strauss no desarrollaron la escritura y, por ende, tampoco unos sistemas de mentalidad y de pensamiento en los que acumularan su pasado, su historia.

Una finísima línea, unos escasos gradientes, entonces, separan las mentalidades de, pongamos por caso, un posgraduado en ciencias antropológicas occidentales (caso del propio Claude Lévi-Strauss), respecto a las del miembro del pueblo tupí-kauahib. Aunque son muy importantes las diferencias que los sitúan de éste o de aquél lado de esa finísima línea de demarcación en cuanto a las mentalidades se refiere, ellos dos, como nosotros (queremos decir, absolutamente todos nosotros los que formamos la humana especie), compartimos un común patrimonio de capacidades y habilidades para darle significación lo mismo al canto súbito de un pájaro, que a un intrincado sistema de mitos sobre el origen de todo lo existente y lo no existente.

“Pensamiento salvaje”, llamó Lévi-Strauss a ese patrimonio humano que es común a todos nosotros. Lo mismo que un “bricoleur” o hábil artesano, el ser humano construye significación, constituye pues a la cultura, al tomar de su entorno éste o aquél elemento, mezclarlo con otros que le parecen semejantes, y entonces crear ya fuera un artefacto, una extraña mezcla culinaria quizá (tan honda la mirada de Lévi-Strauss, que aún en la preparación de la comida y de sus “platillos”, podía alcanzar a ver una gramática de símbolos que mucho decían de los occidentales que devoraban un “pato a la naranja”, o de los nativos amazónicos que se despachan gustosos sus guisos de carne de serpientes), un altar dedicado a su(s) dios(es), unos ritos para investir de poder de dominación a un puñado de individuos.

Todos los seres humanos somos “bricoleurs” o artesanos dotados de esa capacidad para darle sentido o significado a nuestros actos. Compartimos todos nosotros unas estructuras mentales en el fondo de nuestro inconsciente que nos permiten juntar lo que nos parece similar, y apartarlo de lo que nos parece diferente: “Similar a… / Diferente de…”

A través de la operación de estas estructuras, es como constituimos nuestras identidades: lo que nos hace similares en cuanto “izquierdistas”, o “cristianos”, o “librepensadores”, o simpatizantes de ésta o aquélla figura pública, es al mismo tiempo lo que nos hace diferentes de los “derechistas”, los “musulmanes”, los “fundamentalistas”, los que lanzan diatribas contra la figura pública con la que “simpatizamos”. Estas estructuras mentales tan simples las compartimos aún con aquellas tribus perdidas en los “tristes trópicos” del Tercer Mundo. Todos compartimos, entonces, esas estructuras del pensamiento salvaje.

¡Qué diferencia tan gigantesca la que hay entre un occidental como Lévi-Strauss que se dedica a esa tarea cargada de humanismo auténtico que le permite descubrir las fuentes profundas de nuestra común igualdad, y la de aquellos otros “occidentales” que el curso de la historia posterior a Cristóbal Colón se permitieron la tarea de liquidar, de destruir, de borrar, a cientos de miles de personas y sus maneras de hablarse, de tratar con la naturaleza, de enterrar a sus muertos y de dedicarle cantos sagrados a sus deidades.

“Lo primero que muestran los viajes es nuestra basura lanzada a la cara de la humanidad”, escribió Lévi-Strauss en su inquietante obra “Tristes Trópicos”.

Su tarea de etnólogo y de humanista, como lo han visto varias personas, parece ser una especie de enorme disculpa ante los pueblos que fueron devastados por la incursión destructiva de los occidentales. Cuando Colón llegó a la Isla La Española (hoy esa castigada franja insular que comparten la República Dominicana y Haití) hacia 1492, es muy probable que ahí existieran por lo menos 100 mil personas. Apenas cien años después, ¡no eran más que 200! Y a esta destrucción o, llamémoslo así sin temores, y a este desastre civilizatorio y humano, las clases dominantes occidentales le sumaron esa vergüenza aún imborrable que fue el comercio de esclavos africanos.

Ojalá Claude Lévi-Strauss siga presente en lo que mejor nos legó: su actitud para acercarse y esforzarse en comprender al Otro, y principalmente a las personas más vulnerables, más olvidadas. Las personas a las que apenas un resfrío les puede significar la muerte de casi una generación de su pueblo.

De ese tamaño es la condición tan frágil a la que la ha llevado la “occidentalización” del mundo entero.
Lévi-Strauss no dejó de observar que ese proceso globalizador representa la progresiva liquidación de las diferencias culturales para imponer, en su lugar, una atonía y homogeneidad cultural por todos lados (a quien lo dude creo que le bastará rascar un poquito en nuestra manera de pensar y sorprender un elemento del individualismo burgués tan imperceptible en la nimiedad de desacreditar, por ejemplo, a un sindicato, o a una colectividad que se defiende). Para Lévi-Strauss, ese proceso de uniformidad cultural, al que hoy llamamos globalización, es como un verdugo que mutila y se dedica a amputar las diferencias culturales, en aras de conseguir, precisamente, la homogeneidad en las maneras de darle sentido a la vida.

“No hay nada más que hacer: la civilización ya no es esa flor frágil que se preservaba, que se desarrollaba con gran trabajo en algunos rincones resguardados de una rica tierra de especies rústicas, sin duda amenazadoras por su vivacidad, pero que también permitían viajar y revigorizar la siembra. La humanidad se instala en el monocultivo, se dispone a producir la civilización en masa, como la remolacha”.

Estas palabras prefiguradoras del avance agresivo de la globalización actual, fueron escritas por Claude Lévi-Strauss en 1955.

En la mitad de la más sangrienta centuria de la historia humana. En la mitad de su fructífera vida dedicada a desentrañar en nosotros mismos, la presencia del Otro.

J.A.T.

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